Hay algo que me preocupa desde hace tiempo, no solo como artista, sino como venezolana la incapacidad de reconocer lo bueno cuando viene de alguien que no nos gusta, que no comparte nuestra ideología o que simplemente hemos decidido odiar.
En el arte pasa mucho. Ves una obra hecha por alguien que consideras tu competencia, alguien que no te cae bien o cuyo discurso no compartes, y automáticamente la descartas. No importa si está bien ejecutada, si tiene un concepto sólido o si transmite algo potente. No lo ves. Y si lo ves, lo criticas igual. Eso no es criterio artístico, eso es fanatismo.
Y el fanatismo no vive solo en el arte. Vive en todas partes.
Como creativos deberíamos entrenar justo lo contrario, la capacidad de observar con distancia, de separar la obra de la persona, el hecho del discurso, el resultado del mensajero. Porque si no somos capaces de hacer eso, dejamos de pensar y empezamos a reaccionar.
Siempre se dice que si te gusta un artista, te tiene que gustar también su ideología, su vida, su forma de pensar. Y no es así. A mí me gusta Picasso. Fue un genio del arte. Y también fue machista, contradictorio y políticamente cuestionable. Eso no borra su obra ni su impacto. Reconocer su talento no significa justificar su vida personal. Las dos cosas pueden coexistir.
Esa capacidad de ver matices es clave. Y cuando la perdemos, cuando todo se reduce a “si no es de los míos está mal”, dejamos de ser libres.
Y aquí es donde inevitablemente entra Venezuela.
Durante años, cuando los venezolanos denunciábamos lo que pasaba en nuestro país, cuando hablábamos de asesinatos, represión, hambre, inseguridad, migración forzada, cuando más de 8 millones tuvimos que irnos porque no se podía vivir, el mundo miraba poco o nada. Protestas, denuncias ante la ONU, elecciones manipuladas… lo intentamos todo. Y no funcionó, porque cuando tratas con delincuentes, las reglas normales no aplican.
Ahora se habla de Venezuela. Y se habla desde el fanatismo.
Da igual el hecho, hay gente que no es capaz de reconocer algo positivo solo porque no le gusta quién lo hizo. No se trata de apoyar a una persona, ni a una ideología, ni a una política completa. Se trata de reconocer un hecho concreto un dictador menos en el poder es algo bueno. Para Venezuela. Y para el mundo.
Yo no soy fanática. No lo he sido nunca. Ni de bandas, ni de políticos, ni de discursos cerrados. Me gusta la música, no las camisetas. Me gusta el arte, no los pedestales. Y me tocó aprender de política no por gusto, sino por supervivencia, para que otros no decidieran mi futuro sin yo entender lo que estaba pasando.
Soy venezolana. Me fui en 2011 cuando la crisis apenas mostraba los dientes. No fui chavista. Y no hablo desde la comodidad de una opinión ajena, sino desde la experiencia de haber dejado mi país atrás.
No todo lo malo es absolutamente malo.
Y no todo lo bueno deja de ser bueno según quién lo haga.
El fanatismo te quita algo muy valioso, el criterio propio. Te ciega. Te vuelve incapaz de ponerte en los zapatos del otro, de ser empático, de mirar el contexto completo. Y cuando eso pasa, alguien más piensa por ti.
Como artista, como ilustradora y como persona, prefiero seguir mirando con ojos abiertos. Reconocer lo bueno sin dejar de criticar lo malo. Separar hechos de personas. Arte de ego. Esperanza de propaganda.
Porque cuando dejamos de hacerlo, no solo perdemos perspectiva perdemos humanidad.
Y eso, ni en el arte ni en la vida, nos lleva a nada bueno.
Totalmente de acuerdo! Hay que ser imparcial
¡Muchas gracias!
Para mí la imparcialidad es justo eso, poder mirar con criterio, sin vendas, aunque a veces incomode. Es la única forma de no dejarnos arrastrar por el fanatismo, ni en el arte ni en la vida.
Bravo amiga!
¡Muchas gracias amiga! Se tenía que decir y se dijo… 🙂